-“Yo le dije a mi hija que deje de salir y de vestirse así. El sábado salió con una pollera cortísima. Un papelón”.
No. No estaba hablando de su hija adolescente. Hablaba de su hija de 33, profesional e económicamente independiente.
Soltera, claro.
Comentarios que escucho al pasar. O que perfectos desconocidos (e imperfectos conocidos) deciden hacerme. Aunque a veces no sepa por qué la gente decide hacer catarsis conmigo.
-“Yo le dije a mi hija que deje de salir y de vestirse así. El sábado salió con una pollera cortísima. Un papelón”.
No. No estaba hablando de su hija adolescente. Hablaba de su hija de 33, profesional e económicamente independiente.
Soltera, claro.
Esta conversación me pasó cientos de veces este último año.
A la pregunta (informal) sobre mi edad y su respuesta inmediata sobre mis tres décadas, el interrogante obligado es sobre mi estado civil.
-“Soltera”, respondo lacónicamente, sabiendo que la ecuación “mujer + 30 años – hombre”, siempre pero siempre trae comentarios que vuelven irascible a cualquiera.
-“Ah… Y ¿sos muy complicada?”.
Ante esto, mi cara varía según la ocasión y el entrevistador. Cuando es una persona a la cual respeto, esbozo tímidamente una sonrisa y, aún cuando se note que es falsa, contesto elegantemente con algún argumento sobre “que las relaciones humanas hoy en día son complicadas” y toda esa cháchara. En realidad, quisiera decir “soy simple, como Libertad, pero los tipos vienen cada vez más complicados, indecisos y vuelteros”.
Ahora, cuando quien pregunta es la típica “señora/señor que no tiene nada que hacer más que opinar sobre otros”… ahí si mi respuesta es más informal, sin encorsetar. Algo que dije una vez, acompañado de mi mejor gesto de mujer superada: “La vida es tan linda. Soy tan feliz pese a no tener una pareja formal. Sos muy estructurada: uno puede ser feliz aunque sea un número impar en el mundo”.
Si. A veces soy odiosa.