Entro a un negocio. La vendedora conversa con un muchacho. El tema parece grave y tengo terror de interrumpir. Mi compra no es urgente, así que sigo mirando alrededor.
Muchacho: -“Y entonces yo le dije a mi prima… Porque no puede ser tan cabeza dura y dejarse influenciar tanto por este pedazo de hijo de puta. Porque el tipo es una basura que habría que romperle la cabeza en mil partes”.
Escuchado esto, no puedo evitar analizar por qué no entre 45 segundos después.
La vendedora lo mira, asiente con la cabeza y acota sobre que está de acuerdo con como caracteriza al “hijo de puta”. Enseguida me mira a mí, me sonríe como pidiendo disculpas y me pregunta acerca de que es lo que estoy buscando.
El muchacho no me deja responderle:
-“Vos disculpame por lo que acabo de decir. Yo nunca digo estas cosas. Lo que pasa es que el marido de mi prima es una porquería de tipo”. Así introduce su relato, donde me da todos los detalles acerca de la desgraciada relación familiar de una mujer que es sometida por su pareja.
Termina y yo estoy completamente de acuerdo con que que si: ese tipo es una mierda. Y es lógico que tenga ganas de romperle la cabeza. De todos modos, le digo que trate de no hacerlo porque es probable que termine en cana.
La chica me alcanza lo que vine a buscar. Me despido como sin saber muy bien qué hacer. El muchacho me saluda con un “perdoname, de nuevo”. Le respondo que hay cosas por las que no hay que pedir disculpas.
(*) Comparto con ustedes:
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